Capítulo 8. 1

Reporte de prensa: “Talento colombiano hace subir las exigencias a la embajada estadounidense, se recomienda entrar a un circo”, desde New York hasta Dallas la familia Delgado demuestra su talento; los tres goles que se comió la defensa del Patrón; los 2000 metros de la ciudad de Bogotá; pueblos de Colombia y una bala anónima.
VISAS PARA COLOMBIANOS

Nada descabellado habría sido tomar en 2014, en la ciudad de Tumaco, Colombia, algún periódico local y leer en la sección de clasificados el siguiente anuncio: Empresa cirquera estadounidense busca cirquero alto y flexible, que se sepa desempeñar con idoneidad en las artes de la escena. El Circo Italia, además de ofrecerle un buen sueldo pagado en dólares, le ofrece la oportunidad de conocer de sur a norte el país, y si resulta que el candidato demuestra tener más que un talento promedio, en esa arte de arriesgar el pellejo, éste circo se compromete en garantizar la adquisición de la Visa.

En la circunstacia de que un anuncio así fuese realmente impreso por algún periodico del país, la historia habría continuado con Willy Delgado contactandose con los patrocinantes, sin mucha espera ni demora, y obteniendo el puesto. Ya dentro, y con sus maletas desempacadas en los Estados Unidos, resolvería irse por el premio gordo de la visa, animandose a realizar una proeza que desafiaba el récord histórico y ponía en duda su propia cordura: dicen que fue el primer hombre en pasar la cuerda floja equilibrandose sobre siete ruedas de monociclo. 

Tampoco sería algo descabellado que en muy poco tiempo, en ese mismo hilo narrativo, otra revista de economía, de esas que tienen los ojos puestos en el intercambio de servicios y talentos trasnacionales, publicase un curioso artículo que hablara de las hazañas de Willy Delgado y que debido a su repertorio de acrobacias los Estados Unidos se habían animado a flexibilizar sus fronteras económicas permitiendo el fácil acceso a los cirqueros colombianos, haciendo un énfasis especial en la historia migratoria de la familia Delgado, a quienes no les cogía la noticia de madrugada, y que poco después habían comenzado a presentar sus temerarias y espectaculares volteretas a lo largo y ancho de todo ese país.

ARTISTAS

La vida de Robinson Delgado y su esposa Yamile Sánchez antes de viajar a los Estados Unidos, como parte de este equipo de cirqueros, no era muy diferente a la que viven la gran mayoría de personas que conformamos este alborotado, ocurrente y diverso grupo social localizado en los territorios de esta República novelesca llamada Colombia. 

Una vida marcada por los sobreesfuerzos y la poca remuneración, condimentada a su vez por una esperanza que como resultado de la escasez de recursos suele desarrollar una creatividad nutrida por los mismo incentivos indómitos del ambiente, en almas que combinan nostalgia y sueños con personalidades más prácticas y resueltas, produciendo maneras únicas de vivir como lo son enamorar y curar el desamor del mismo modo con una parranda vallenata o tener ese orgullo inflado de rebuscadores que cada día pueden inventar una nueva y fascinante idea de hacer fortuna a la vez que se saben quejar porque el puntaje del sisben no salió lo suficientemente bajo como para ganar, y que si se ven del modo apropiado son una revelación tangible de las esencias identitarias.

LOS VIAJES DE UN TALENTOSO

Robinson Delgado es una persona de pocas palabras pero de un largo repertorio de experiencias que lo explican y que lo han mantenido yendo y viniendo de un lado para otro: desde Tumaco, su pueblo natal, hasta Ecuador, Popayan, Neiva, Bogotá, Philadelphia, New York, Dallas, Washington y Sarasota, donde actualmente radica junto a su esposa y dos hijos pequeños, y eso sólo haciendo un resumen. 

¿por qué viaja Robinson? 

Desde muy joven. Una persona desatenta expondría la afirmación básica, superficial, de que sus viajes han sido simplemente el trayecto que lo han traído desde ese momento cuando tenía que caminar por Colombia con zapatos agujereados hasta los días de hoy, una época en la que cuenta con una sala llena de zapatillas propias, toda una hilera, dibujada por el deseo de desquite.

Lo cierto es que Robinson es un fiel ejemplo del artista colombiano, talentoso por fortuna divina, incapaz de quedarse en un solo sitio a la vez que es un perdido enamorado. Y como artista, posee la intuición premonitoria de un poeta o el buen sentido de dirección de un marinero.

Quizá por eso fue que se negó a sus 20 años a jugar para el equipo ecuatoriano Manta Fútbol Club, quienes lo llamaron personalmente, pero que tuvieron que conformarse con su rotunda negativa basada en el presentimiento de que por ese lado no iba su vida. 

No obstante el fútbol lo había llevado a su corta edad por muchos sitios a nivel nacional, además había tenido que jugar en Facatativá y Fusagasugá, pueblos cercanos a la capital bogotana. No muchos a su edad pueden decir, como sí lo puede contar Robinson, que  en una ocasión tuvo que enfrentar en partido preparatorio al Patrón Bermúdez, un famoso ex capitán de la selección Colombia y una leyenda de la defensa del América de Calí -actual campeón colombiano- y del club Boca Jr. de Argentina, club con el que ganó todo y venció en final al Real Madrid de Zidane y Roberto Carlos, “-¿Cómo se sintió? ¿Es tan temerario?– pregunta el entrevistador asombrado por la anécdota- Pues normal… no, normal, pues -él- ya estaba viejo y yo joven, les hice tres goles”, expresa Robinson sin que se note ninguna exaltación en su voz.

COSAS DE PUEBLO COLOMBIANO

La primera vez que Robinson vio a su esposa Yamile fue a sus 13 años en el pueblo El Mexicano, donde vivían su mamá y su abuela, y a quienes él trataba de visitar seguido. En ese pueblo, recuerda Yamile, una tarde ella se acercó a saludar a Robinson sin conocerlo todavía, causándole al muchacho una extraña sorpresa por el mismo hecho de que una niña desconocida lo estuviera llamando por su nombre propio. Reacción que debe considerarse como atípica, porque este tipo de conocimientos no suelen ser una sorpresa en un pueblo colombiano, y que tenía explicación porque Robinson asistía a la misma escuela donde estudiaba Yamile. Haciendo que lo verdaderamente extraño sea el hecho de que Robinson no se hubiese fijado en ella desde antes, cosa que sin duda cambió desde aquella tarde.

Cuando se les pregunta sobre su historia de pareja en Colombia, en realidad es poco lo que revelan aparte de un prematuro rompimiento y un reencuentro póstumo, pero uno se puede imaginar que tuvo que ser una relación de muchas anécdotas, ires y venires, desfallecimientos del corazón y hasta un poquito de buena suerte, entre ese primer encuentro en el pueblo El Mexicano, yendo a través de todos los viajes del joven y talentoso futbolista dentro y fuera del país, y ese momento en que se juraron amor eterno en alguna iglesia de la costa pacífica a escondidas de todo el mundo, con la única complicidad del “tío” Willy.

Recién casados sucedieron los acontecimientos de la proeza de Willy con la cuerda floja que desembocaron en el éxodo de su familia para unirse al circo en los Estados Unidos, razón por la cual Yamile se quedó sola por más de medio año en Bogotá, la ciudad montañosa y sin mar que en Colombia tiene la fama de ser “la nevera”, y donde él también había tenido que quedarse por un tiempo en el barrio Britalia, al sur de la ciudad, mientras le salían los papeles de inmigración. 

ATRÁPENLA

Una noche en Bogotá, cerca a la embajada estadounidense que queda por la calle 26, Robinson y sus hermanos caminaban por una acera, cuando al verlos se asustó una mujer bajita, bien abrigada, y todo parecía indicar que la razón del susto era la impresión que le daba a esta señora la piel negra de la familia chocoana, impresión que la condujo como acto reflejo a cruzar la avenida para cambiar de lado; en grupo, después que vieron esta cómica y patética escena, empezaron a gritar: ¡Atrapenla, atrapenla!, para descubrir si la señora corría, y resultó que sí corría y sin sofocamiento a pesar de estar a más de 2000 metros sobre el nivel del mar. 

Esto le pasó a Robinson cuando aún estaba en un país como Colombia, país que todavía no ha tenido el tiempo de resolver con más detalle toda su numerosa lista de problemas sociales debido a la brocha aborrascada del conflicto armado, justo unos días antes de que viajara y tuviera que  lidiar además con la nueva categoría identitaria que empezaría a soportar desde entonces hasta el día de hoy, y que tiene su papel en casi todas las dimensiones de su vida actual, la de inmigrante. 

UNA VIDA DE DESTINOS

Recién casados y Robinson recién llegado a los Estados Unidos, empezaría a viajar de una ciudad a otra saltando y columpiándose. Quizá no exista un momento en el que la llama del sentimiento sea más intensa en las parejas que en esa época de recién casados y donde todas las experiencias se multiplican alterando el sentido de la percepción; todo da la impresión de unir con más fuerza, incluso retando la lógica, a tal grado de considerar la palabra separación como la que más los unía, por este corto pero sin embargo largo tiempo, a Robinson y Yamile, pues era la que mejor resumía sus primeros meses de casados.

Después Yamile pudo viajar a los Estados Unidos, donde comenzaría a trabajar para el mismo circo que su esposo, en esa vida de trailers, comida rápida, carpas y cuerdas, yendo y viniendo, algo totalmente nuevo para su ritmo de vida provinciana y lenta, a diferencia de la vida llena de destinos a la que Robinson se había acostumbrado desde muy joven.

Y no precisamente por placer o fútbol, sino porque las difíciles e injustas circunstancias lo habían obligado, siendo apenas un niño, a salir de su pueblo natal, un pequeño y pacífico pueblo llamado Rosario del Departamento del Chocó, de donde tuvo que huír con sus hermanitos y mamá porque un grupo guerrillero amenazaba sus vidas. Así, por segunda y temprana vez, la violencia de Colombia impactaba su vida, siendo la primera, el asesinato de su padre por causa de una bala anónima, cuando llevaba apenas tres meses creciendo en el vientre de su madre Elsy Quiñon, época en que ella ni siquiera sabía que su hijo, el último recuerdo de su esposo, se iba a llamar Robinson. 

Próximamente segunda parte.

(Fotos tomadas del perfil personal de Robinson Delgado de Facebook).

Autor: B. Javier Márquez