Capítulo 7.2

Segunda parte

MIRADAS

LA PRIMERA TARDE

Pues entro con mi cámara a su casa y veo que detrás de la vegetación tropical empieza a esconderse el sol, ellos me han invitado por una noche pero me han dicho que puedo quedarme más tiempo si es necesario. Me han dado para dormir la habitación de sus niñas, un cuarto tapizado de rosa y climatizado con peluches; me han dado de comer y beber, incluso me ha caído una lluvia de regalos de medias limpias y pantalonetas. 

A donde vaya Secundino, ese hombre  que aparenta muchos menos años de los que en realidad carga, de ojos grandes y cafés, me va diciendo: ésto lo construí yo… ésto no lo he terminado pero dentro de poco estará listo… tengo un proyecto allá de ese lado: primero debo tumbar la pared y pienso hacer eso que le dije cuando veníamos en la camioneta. Más adelante golpearé levemente las paredes con mis nudillos para escuchar y saber qué tipo de material es, cuando jugabamos futbol frente al jardín.

FOTOGRAFÍAS

Pero en este momento preparo mi cámara para fotografiar todo lo que me llama la atención en su patio y hago un par de disparos revisando que el producto tenga la luz que me gusta, pero no puedo darme el lujo de experimentar mucho porque el atardecer no espera a ningún fotógrafo perfeccionista. Y empiezo, con mucho más encanto que el que he sentido durante todos estos meses tratando de fotografiar las ciudades de Philadelphia, New York, Bostón o Láncaster, donde abundan lugares y objetos, esquinas, que parecen hechos con pincel y sin embargo no me atraen mucho. Estos sitios tienen su belleza, su encanto, literalmente son ciudades de película, pero por alguna razón que yo no entiendo, no me siento muy inspirado por ellas como para fotografiarlas mucho. 

aquí vamos… una silla de color rosado intenso y en el fondo máquinas, tablas, piedras, vigas y un horno. Foto. Volteo mi torso hacia la izquierda: un saltarín negro para niños debidamente rodeado de mallas de protección, junto a más tablas, paredes desnudas, ganchos, puertas en construcción. Foto.

 Unos pasos hacia mi izquierda y entro en un pequeño patio sin paredes y allí sobre una estufa: un sombrero de paja, una olla azul, una especie de baterías amarillas, zapatillas negras y patines de niña. Foto.

Miro hacia mi izquierda: un vestidito color ámbar con bordados europeos de flores rosadas, margaritas, colgado junto a otros vestidos y una chaqueta, mientras la luz del día moribundo se coloca por últimos instantes sobre las telas, un atardecer de perla y magdalena. Foto.

Giro mi lente hacia la derecha y descubro que también hay hombres de nieve en la Florida, en la ciudad de Tampa, solo que a la manera latinoaméricana: lo que quiere decir, sobre telas. Foto.

Bajo mi vista y allí hay una canasta en el piso, junto a un montón de hojas de árbol marchitas. Foto.

Por último, a unos pasos, me tiro al suelo para tratar de realizar el encuadre más abierto que se pueda para mostrar: tierra, tablas, una escalera, la cruz, una columna desnuda y un carretilla volcada. Foto. 

Más adelante me encontraré un balón de futbol bajo unas flores e igualmente le haré una fotografía. También le haré una foto a Secundino con su nena más pequeña: Jessica. 

FAMILIA DE ESTRELLAS

Secundino (un nombre premonitorio), mientras pateamos la pelota me cuenta de sus anécdotas futboleras: cómo perdió por cosas del corazón la oportunidad de jugar en un equipo profesional y que acá en el campeonato local ha quedado dos veces subcampeón y en una vez logró llevarse la medalla del pichichi (goleador). Yo le pregunto sobre el número de goles anotados y él me responde que no se acuerda, respuesta sospechosa porque yo digo: o se debe ser un prodigio en el arte del gol para perder la cuenta, en cuyo caso se hablaría en clave de estimados, por ejemplo: entre 30 y 40 o entre 40 y 50; o por el contrario se debe jugar en una liga con muy pocas alegrías de tal modo que a uno se le olvide de buena gana el número de goles que lo hicieron merecedor de ese reconocimiento. 

Esa tarde, cuando estuvimos comiendo fruta con picante, que es su estilo mexicano, le tomé otra foto junto a su hija Saraí, que es la del medio, una niña de diez años que es bilingüe, música y escritora. 

Ese mismo día también comieron mazorcada o elote, como le llaman ellos, preparada en un carrito que también estaba a la orilla de la carretera. Al día siguiente, lunes, era día de labor, día de plan de negocios y trabajo para Secundino, quien salió muy temprano junto a su cuñado Ervin Salas con la misión de instalar un piso de madera, que es a lo que se dedican y que es además un proyecto empresarial iniciado meses atrás, y yo me quedé con su suegra Elía Pérez, su esposa Yesenia y su niña pequeña.

EL PARQUE DE LOS COCODRILOS

 Ellas me invitaron a tomar café cubano, el famoso negro entre los negros del café, y yo lo pedí sin azúcar, mientras ellas me miraron a este lado del mostrador medio espantadas, pero ni modos, yo lo tomo sin azúcar, así sea cubano o chino. La muchacha que atendía me dijo: si te lo tomás, te ganás mi respeto, era cubana… la oportunidad de mi vida. Y al irme me hizo la venia. O yo me imaginé que me hizo la venia, porque ni me miró.

Después fuimos a un parque que es en un pantano, donde no se le puede dar de comer a los animales porque si los encuentras en un día de buen humor te arrancan las manos. Pero antes le pregunté a la madre de Yesenia cuánto tenía de vivir en los Estados Unidos y me ha dicho que desde el 2001, y que solamente había vuelto una vez a México a visitar a su familia pero que era arriesgado y se necesitaba de fuerza para hacerlo, fuerzas dejadas con la juventud, debido a que en el camino tenían que andar a pie más de ocho horas y un buen tramo era a través de unas alcantarillas las cuales había que pasarlas agachado. 

Por no volver su mamá vendió su casa: y ya no tengo a donde dormir cuando vuelva, me ha dicho, mientras una lágrima atraviesa  esa frontera de perros rabiosos y párpados de concreto que tiene como barrera en sus ojos. Es una mujer que habla poco, pero es feliz con su nieta, seguido la oyes susurrar: qué linda. 

Y linda sí es, Jessica es culpable de la villanía de robar corazones desde el primer día. Digamos que su vida se resume en la expresión: dos años de luz. Salta, corre, acaricia, juega, balbucea un Espanglish aborigen, y canta. Desde que llegué a su casa le agarró la flojera de no poder vivir sin café, un descubrimiento en su personalidad, y su mamá le dice: pero tú no tomas café, y le ofrece el de ella, pero ese no le sirve, y ya no le servirá jamás el café con leche desde que este colombiano llegó como una aparición inesperada repartiendo malas mañas cafeteras. Le sirve el café del visitante, nada más, y tiene la suerte de que sea colombiano el hombre. 

En el parque ella es la que más ha saltado y se la ha pasado jugando entre un árbol y el otro, bajo las flores. Por otro lado Yesenia y Elia han sido mis ojos para encontrar cocodrilos y tomar buenas fotos.

DÍA DE SERVICIO

El lunes se va bien, bajo el buen clima de Tampa. Noche y día. Todos los martes Secundino los aparta para “la obra”, que es un nombre a su vocación de servicio comunitario inspirado en su fe cristiana. El día martes, junto a otros pastores menonitas como Karl y Roy, entregan comida a personas pobres, que son de los menesterosos fabricados en este país, quienes llegan en carro y sin embargo no han podido desayunar en todo el día y ya son las 12 de la tarde. 

Toda su familia está comprometida con “la obra”, lo hacen con la misma pasión y dedicación que la que usan para vivir. Su hija mayor, la joven Hendy de 13 años, ya merecedora de una beca del 80% de su universidad, es 100% bilingüe, mexicana y estadounidense; es una de las más comprometidas poniendo al servicio de Dios su conocimiento del español y del inglés y dando clases en la escuela de domingo para los niños más grandes. 

CONTAGIOSO

Este martes una líder comunitaria de unos 60 años se acercó y me dijo: Please, i don’t like the pictures, for today is enough of photos for me, y Secundino la entendió con su inglés de aprendiz y le respondió: really? Okay… do not you like the photos? Y se fue hacia ella, la abrazó, la volteó hacia la camara, levantó la mano libre y sonrió, sonrisa que habrá tenido un eco contagioso en la señora, y esa es la historia de la mejor foto de la mañana. 

FOTOS

 

Autor: B. Javier Márquez.